Flash: ON   4 September 2010 
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Articulos de Edificacion

La juventud y el Dinero

 

Explorando conceptos bíblicos financieros para enseñar a nuestros jóvenes


(Por Andrés G Panasiuk – Conceptos Financieros Cristianos)

 

En 1994 la hermana de Marcela murió en un accidente automovilístico. La joven era una madre soltera adolescente. Murió junto a su hijito de diez meses.
En 1995 Marcela, que ya había cumplido dieciocho años, recibió unos quince mil dólares como resultado de un arreglo especial en el juicio a la compañía del camión que destrozó el auto de su hermana. Con ese dinero Marcela se compró un auto importado "cero kilómetro". En menos de dos años, Marcela nuevamente fue a ver al vendedor de autos y cambió su vehículo usado por otro importado nuevo. Ahora Marcela tiene un auto deportivo rojo, importado e impecable, y una deuda de cuatro mil dólares.
¿Qué es lo que suena "raro" en esta historia verídica que acaba de leer?


Dejando las consideraciones emocionales a un lado y en manos de buenos consejeros familiares, lo más obvio es que Marcela desperdició el dinero que recibió como resultado del juicio por la muerte de su hermana. Si esta joven hubiera reconocido el principio de que nada nos pertenece sino que todo lo que tenemos nos lo ha dado Dios, y nuestra tarea es la administración de esos recursos, quizás igualmente hubiera hecho alguna otra tontería ¡pero no hubiera derrochado diecinueve mil dólares en el proceso!

Cuando padres, directores o maestros de escuela nos invitan a hablar con los jóvenes, nuestra enseñanza se concentra en, por lo menos, dos principios importantes para sus vidas:

 

1. Reconocer que Dios es dueño y nosotros somos sus administradores

Normalmente les pregunto a los jóvenes qué harían si una tía rica les regalara quinientos dólares para su cumpleaños, y escribo lo que me digan a la izquierda de la pizarra. Las respuestas varían desde "comprar ropa, ropa, ropa..." hasta "invertirlos en un negocio para hacer más dinero", pasando por "comprarles algo a mis padres", "hacer una fiesta para mis amigos", "dar el diezmo a la iglesia", y cosas similares.
Luego les pregunto si de pronto, esta noche mientras están durmiendo, su cuarto se iluminara con una luz resplandeciente y el ángel Gabriel se les apareciera y dijera: "Dios me ha enviado a confiar en tus manos estos quinientos dólares. Tu misión es gastarlos, invirtiéndolos  de la manera en que El mismo lo haría si viniera personalmente".

Esta vez escribo lo que me dictan en la parte derecha del pizarrón.  Las respuestas ahora son "buscar a algún misionero que necesite ayuda económica", "comenzar un ministerio", "ver si hay algo que se deba arreglar en el templo", "invertir parte del dinero para que no se acaben los fondos disponibles"... Entonces, escribo sobre la lista de la izquierda la palabra "dueños", y sobre la lista de la derecha, la palabra "administradores". 

Esa es la diferencia entre creernos dueños de lo que nos hemos ganado con el sudor de nuestra frente, y ser "administradores" de las posesiones, los dones, las relaciones y el tiempo de vida que Dios confía en nuestras manos. La Biblia afirma claramente: "De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan" (Salmo 24:1). Creernos dueños de lo que tenemos es seguirle el juego al materialismo y usurpar el trono que le corresponde a Dios en nuestra vida.

 

2. Aprender a discernir entre necesidades, deseos y caprichos

Necesidades: Todos tenemos necesidades básicas, y Dios creó nuestra mente y nuestro cuerpo para que ansiemos satisfacer esas necesidades.  Por otro lado, la misión de las oficinas de mercadeo en los medios de comunicación social es, justamente, usar la ansiedad que sentimos por satisfacer necesidades para vendernos cualquier cosa. Por eso hemos aprendido a decir "necesito una computadora", "necesito otra radio", "necesito una cacerola más grande" o "necesito un televisor a color" cuando, en realidad, lo que queremos decir es que nos gustaría una computadora, otra radio o una cacerola más grande... pero no las necesitamos. No son parte de nuestras necesidades básicas para sobrevivir (alimento, vestimenta, salud, un techo que nos cubra, etc.). El apóstol Pablo le dice al joven Timoteo, su amado hijo espiritual: "Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto" (1 Timoteo 6:8).

 

Deseos: Cuando lo que queremos comprar está dentro de la categoría de Necesidad básica pero es de mejor calidad, estamos hablando de deseos.  Por ejemplo, todos necesitamos comer y vivir bajo un techo, pero un plato de arroz no cuesta lo mismo que un bistec, y un departamento de dos cuartos no cuesta lo mismo que una casa de siete habitaciones con vista al mar. Debemos proveer para nuestros deseos siempre y cuando contemos con el dinero suficiente en nuestro presupuesto. Recordemos que el apóstol Pedro nos enseña que nuestro "atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios"  (1 Pedro 3:3-4).

 

Caprichos: Por último, todo lo que no sea una necesidad básica o un deseo, es simplemente un "gusto" o un "capricho".  No está mal tenerlos.  Todos nos damos un gusto de vez en cuando. Sin embargo, no deberíamos satisfacer un capricho hasta tanto nuestras necesidades estén apropiadamente satisfechas y tengamos el presupuesto necesario como para hacerlo. El pueblo de Dios sería mucho más grande si, como administradores de los bienes divinos, invirtiéramos menos en nuestros caprichos y más en las necesidades misioneras locales y foráneas. El apóstol Juan nos advierte: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.  [...] Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1 Juan 3:3-4).

 

No sólo los adolescentes necesitan aprender estos principios.  A veces creo que a nosotros, los mayores, no nos vendría mal darles una miradita de vez en cuando.

 

 

Tomado del Consejero Bíblico www.luispalau.net <http://www.luispalau.net>  usado con permiso. 

Andrés G. Panasiuk es licenciado en Ciencis de la Comunicación Social, con especialización en Comunicación Interpersonal y de Grupo. Es director para América Latina de Conceptos Financieros Cristianos. Vive en Gainesville, Georgia, con su esposa Rochelle y sus dos hijas: Gabriela y Danielle.



Sujetarse. ¿Hasta qué punto?

      por Jaime Mirón

 

Para las esposas, esto significa someterse a sus propios maridos como se someten al Señor. Porque el marido es la cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él dio su vida para salvarla. Así como la iglesia se somete a Cristo, de igual manera las esposas deben someterse en todo a sus respectivos maridos.
(Efesios 5:22-24 NVV).


Una mujer recién casada nos escribió la siguiente carta: «Cuando nació mi primer bebé, mi esposo se opuso a que yo trabajara fuera de la casa.  No creo que me malentienda, yo quiero a mi hijo, es mi mundo, y obedezco a mi esposo pero estoy resentido que mi esposo me quiere controlar.  ¿Qué hago? No quiero perder mi matrimonio como lo han hecho todos mis hermanos».  La Biblia dice que debe sujetarse a su esposo, pero...

 

Sujetarse es una actitud, mientras que obedecer es la acción que generalmente resulta de tal actitud.  Sumisión es «reconocimiento y aceptación voluntaria de la autoridad de otra persona.» Es posible que haya obediencia sin sujeción.  Sucede a menudo cuando uno obedece de mala gana,con amargura.  No es ésa la voluntad de Dios ya que tanto valor tiene la actitud como la acción misma. Sin embargo, también existe la posibilidad de sujetarse (mantener una actitud piadosa) sin obedecer, y aún estar dentro de la voluntad de Dios.

 

La sujeción bíblica también se define como «aceptar que Dios puede perfeccionar su plan para mi vida a través de la persona que El ha puesto en autoridad sobre mí.»  La mujer debe tener confianza en que el esposo será instrumento de Dios para que en ella se cumpla la voluntad divina.  A través de los años nuestra experiencia ha mostrado que, además del gozo que puede experimentar la mujer al obedecer al Señor en asuntos hogareños, ella siente alivio al comprender el significado de la línea de autoridad bíblica.

 

Una tercera definición de sujeción es: «Vaciarse del yo voluntariamente, es decir crucificar el orgullo, y en su lugar tener el deseo y propósito de servir.»  Es una actitud que reconoce la autoridad que Dios le haya dado a otro a pesar de las debilidades humanas de ese otro.  Sujetarse es estar libre del deseo de hacer las cosas siempre a mi manera.  Es una actitud que por lo general resulta en obediencia.

 

Asimismo, vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus esposas... Porque así también se adornaban en otro tiempo la santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos. Así obedeció Sara a Abraham, llamándole señor.... (1 Pedro 3:1, 5-6).


La sujeción no implica inferioridad ni superioridad. Jesús gozaba de una relación íntima con su padre, una relación al mismo nivel, y sin embargo estaba sujeto. Sujeción tampoco sugiere que uno no tenga ni comparta una opinión; eso sería negar el profundo significado de y los dos serán  una sola carne (Efesios 5:31). Sujetarse es ponerse bajo la autoridad de otro en forma voluntaria y porque Dios lo ha ordenado.

 

OBEDIENCIA LIMITADA VS. ILIMITADA

 

Muchos me han preguntado hasta qué punto una mujer debe obedecer a su marido, en forma especial si él no es de Cristo. De acuerdo a la Escritura, creo que la esposa ha de sujetarse y obedecer mientras eso no signifique cometer un pecado personal. Dios desea que haya sujeción al esposo en tanto que ello no implique violar un principio bíblico. Algunos sostienen que ella no es responsable cuando obedece a su esposo, y alegan que ante los ojos de Dios su marido es el responsable de lo que ella hace en obediencia a él. No estoy de acuerdo. Como hija de Dios ella tiene la responsabilidad de vivir en santidad.

Cuando un esposo ordena que su esposa cristiana haga algo que, evaluado a la luz de la Sagrada Escritura, implicaría cometer un pecado, el hombre está creando un conflicto entre la autoridad de Dios y la humana.  Ambas son autoridades hacia quienes la Biblia demanda sumisión.

 

A continuación menciono algunos ejemplos de autoridad humana en conflicto con enseñanzas divinas: (En cada caso las mujeres eran cristianas.) Un estafador en Sudamérica pidió a su esposa que participara en sus robos. Un empresario norteamericano quiso que su mujer tomara parte en una fiesta –en realidad una orgía-- donde tendría relaciones sexuales con otros hombres. Un caso difundido por televisión donde un hombre deseaba que su esposa se acostara con el jefe de él a fin de conseguir una promoción y mejor salario. Otro caso en Latinoamérica cuando un padre ordenó a su propia hija  que se hiciera prostituta para incrementar la ganancia de la casa.  En tales situaciones la sumisión al esposo --o padre-- no incluye los actos pecaminosos --es decir que existe la libertad bíblica de no obedecer.

 

Sin embargo, un entendimiento correcto de la sujeción bíblica deja en claro que no debemos usar tal libertad como pretexto para hacer el mal. La exhortación es no uséis la libertad como pretexto para la maldad, sino empleadla como siervos de Dios (1 Pedro 2:16).  La libertad que Dios da para no obedecer sólo se emplea en casos en que la obediencia implique pecado, pero jamás para zafarse de un compromiso marital.

Los ejemplos mencionados resultan obvios, sin embargo no todas las situaciones son tan fáciles de discernir. Es necesario tener principios guías.

 

La experiencia de Sadrac, Mesac y Abed-nego (Daniel 3) nos brinda pautas de ayuda en la  decisión de conflictos morales. La situación de estos muchachos es semejante a los ejemplos anteriores.  A estos tres judíos temerosos de Dios una autoridad humana les ordenó hacer algo que Dios claramente prohíbe (adorar a un ídolo) y que está en contra de sus leyes (Éxodo 20:2-5). Por otra parte Dios nos exhorta a sujetarnos a la autoridad humana (Romanos 13:1-8; 1 Pedro 2:13-17; Tito 2:1). Por eso decimos que existe un conflicto moral entre obedecer la autoridad del hombre y seguir los mandatos de Dios.

 Los principios que observaron Sadrac, Mesac y Abed-nego son tan contemporáneos hoy como lo eran en tiempos de Daniel.  Dice el profeta: El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia... Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo...
Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos. Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado. Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Estáis dispuestos para que al oír... de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos? Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado
.

 

 1) La intención de Dios es que la autoridad divina y la humana estén en armonía, y su voluntad es que nos sujetemos a la autoridad de quienes están en eminencia (Romanos 13:1-8).

 

 2) Cuando haya conflicto entre la ley divina y la ley humana, o entre la autoridad divina y la humana, siempre es consecuencia de que la persona que representa el poder humano se ha apartado de los límites de autoridad otorgados por Dios. Consecuentemente, obedecer semejante mandato humano (adorar al ídolo, participar de una orgía, etc.) sería violar la Palabra de Dios.

 

 3) Si nos halláramos frente a tal dilema, no debemos dudar en obedecer la ley de nuestro Dios (Daniel 3:15,16).

 

 4) Cuando esa obediencia signifique oponerse a la autoridad humana, odemos contar con el poder y la protección divinos (Daniel 3:17).

 

 5) Debemos estar preparados para aceptar las posibles consecuencias de la obediencia al Dios vivo frente al enojo, la ira y la oposición humana (Daniel 3:18).

 

 6) Aunque en casos de conflicto como los citados debemos obedecer a Dios antes que a los hombres, la postura bíblica --pase lo que pasare- es una actitud de sumisión y respeto a la autoridad humana -rey, esposo, jefe, dueño (Daniel 3:16).

 7) Una sugerencia final (sin conexión con Daniel 3) es el principio de la sustitución. En vez de declarar un "no" categórico, es aconsejable proponer una alternativa: lograr los mismos propósitos básicos que la autoridad humana tiene en mente, pero sin violar los principios divinos. (Véase Génesis 39 y Hechos 5:21-41.)

 

Tomado con permiso del libro "Mi esposo no es cristiano. ¿Qué hago?" publicado
por Editorial Unilit. 

 

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